“La insoportable levedad del ser” por Jennifer Silva

Man with two DogsEs un placer y casi una obligación socializar la descarnada reflexión de la profesora Jennifer Silva, pues de forma magistral sintetiza la necesidad primigenia de obtener certezas. Además interpela la labor docente en uno de sus cometidos básicos, el ser fuente de inspiración en el alumnado.

La catarsis hecha por Jennifer, no solamente tiene un inmenso valor porque trata con una brutal sinceridad las vicisitudes del quehacer docente sino que es más valiosa aún, porque Jennifer con seguridad es la profesora más comprometida  y consecuente que conozco. 

Después de leer el documento de Michael Wesch, además de dejar un comentario, necesito más espacio para la descarga. Porque resulta que a los seres pensantes se nos suelen ocurrir ideas que van madurando, creciendo, alimentándose a diario de experiencias, de lecturas, de conversaciones informales. Y llega un momento en el cual necesitamos sacarlas de nosotros, porque nos pesan, porque necesitamos aliados, miradas que nos muestren que tenemos razón, que nos orienten en alguna dirección, o voces que nos digan que no es tan así y nos devuelvan esa especie de desequilibrio perdido y mesura. Sin embargo, saber duele. Y cuando sabemos, ya no podemos elegir no saber. La pregunta cambia. 

 Hoy ya no me pregunto porqué algunos de mis estudiantes no estudian, porqué se resisten a aprender y a pensar (cualquier cosa y en cualquier lugar), porqué abandonan, porqué no se dan una oportunidad, porqué no  consideran su educación como algo importante. Ya no me pregunto porqué ocurre que, en algunos casos, sus adultos responsables no se hacen cargo, porqué no los cuidan, porqué los maltratan, porqué no valoran la educación y nuestro trabajo, porqué no los estimulan, porqué no les ponen límites, porqué tuvieron hijos, porqué no valoran sus propios empleos, porqué le exigen a los docentes que se comporten como los padres de sus hijos, porqué le exigen al Estado que cuide de sus hijos, los alimenten, los eduquen, y los mantengan. Ni siquiera me pregunto porqué hay educadores que dan motivos suficientes para alimentar una representación social del docente que asegura que vivimos de vacaciones, que no trabajamos, que no corregimos, que no enseñamos, que no nos comprometemos, que es un empleo fácil, de escasa exigencia intelectual y afectiva, destinado para los que no puedieron ser ingenieros, abogados, escritores, doctores, científicos.

Y no digo que ya no me lo pregunte porque hallé la bendita respuesta, el tesoro escondido fruto de años de estudio y una sabiduría fuera de lo conocido. Ya no me lo pregunto porque llegué a una idea que considero cierta; que aunque no explique todas las preguntas de mi lista infinita (porque la naturaleza humana es demasiado compleja para abordar a través de una generalización todas sus manifestaciones) tiene mucho que ver con varias; que me pesa por su pesimismo, me duele porque me deja impotente y me impotentiza porque no creo tener la fuerza para lograr cambiar algo; que me violenta porque es gigante, involucra a muchos y está en vías de contagiar a más. Y préstese atención de que hablo de una idea, una idea que sé, un saber que considero cierto, que no es La Certeza, si no simplemente mi certeza. 

 Ante una idea de este tipo, las otras preguntas se invalidan. No porque se hayan agotado sus respuestas, sino porque la pregunta cambia. ¿Qué hacer con esta idea que sé? Hoy mi respuesta empieza a ser compartir.  

La cultura de la mediocridad, el mínimo esfuerzo, la inercia de dar clases, ser padres, ser hijos, ser trabajadores, ser personas como si se tratara de lo mismo que sellar papeles (sin poner en juego el cuerpo, ni nuestras capacidades cognitivo-afectivas, careciendo impunemente de una ética del encuentro). A esa cultura no dejo de  topármela en todos lados, instituciones, grupos, ambientes. Se impone como un establecido que no tiene que ver con reglamentos, sino con las personas. Ese establecido contagioso y monstruoso, ante el cual sigo sin saber qué hacer. Esa indignante cualidad humana llena mi mente como  idea contaminante que no me deja dormir. Hoy la considero una certeza: esa cultura es nuestro enemigo íntimo.

¿Cuántos de nosotros contamos con herramientas para empezar a luchar en su contra (o al menos con la intención de aprenderlas y desarrollarlas)? ¿Cuántos de nosotros tenemos la convicción de que ese es el camino y somos consecuentes como para ir a contracorriente? ¿Tendremos la fuerza? 

Un comentario sobre ““La insoportable levedad del ser” por Jennifer Silva

  1. En lo personal creo que si tenemos la fuerza, ya no somos un grupo de desvalidos nadando contracorriente, por el contrario estamos viviendo una revolución en la cual es posible utilizar el poder de las redes sociales para compartir y colaborar permitiéndonos aunar esfuerzos y generar una sinergia imposible otrora.

    Busquemos entonces romper el statu quo, encontremos nuestro "Elemento" tal cual lo predica Sir Ken Robinson y sobre todas las cosas pongamos en práctica la maravillosa frase de Mahatma Gandhi "Sé el cambio que quieras ver en el mundo".

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